Al cuidando de otras personas
Traducción por Paula Martínez de Carpizo
Las primeras personas que fueron al espacio lo hicieron completamente solas, una a la vez y en cápsulas lo suficientemente grandes para una sola persona. Nunca antes ningún ser humano había estado tan lejos de otras personas. ¿Acaso esto quiere decir que la persona viajando al espacio era una de las personas más solas que jamás haya vivido? ¡Claro que no!
¿Por qué? Porque otras personas le hicieron saber que se preocupaban por él. Había literalmente millones de personas siguiendo su progreso, interesados en saber dónde estaba y qué hacía, lo mencionaban en sus oraciones y le deseaban lo mejor.
Aún cuando vivimos nuestras vidas encerrados en nuestras propias "cápsulas", por llamarlo de alguna manera, todos necesitamos el cuidado y apoyo personal de otras personas. El cuidado es tan esencial para la vida humana como lo son la comida y el agua. No existen palabras con más desesperación que: "A nadie parece importarle."
El Cristo resucitado le preguntó tres veces a Simón Pedro: "…¿me amas…?" En cada una de ellas Pedro respondió: "Sí Señor, tú sabes que te quiero." La respuesta del Señor fue: "Apacienta mis ovejas." (Juan 21.15-17, Santa Biblia, Nueva Versión Internacional. © por la Sociedads Bíblica Internacional.)
¿A quién y cómo?
Ser un discípulo/a o un seguidor de Jesús significa que debemos preocuparnos por los demás. Pero, ¿cómo? Preocuparse por los demás no es simplemente un sentimiento de buena voluntad hacia la humanidad. Tiene que ser específico. Con su ejemplo, Jesús nos muestra la atención que Él daba a cada persona de manera individual: cargando a un niño y mirándolo a los ojos. Seleccionando a alguien entre la multitud para recibir una palabra, un toque, o para compartir los alimentos.
Cuando me pregunto, ¿quién necesita que me preocupe por él o ella? La respuesta obvia es todos. Pero cuando me pregunto, ¿quién necesita de mis cuidados el día de hoy? Ciertas personas vienen a mi mente. Si no es así, necesito empezar por orar. El orar puede ser la forma en que puedo comenzar a mostrar mi preocupación por los demás. Puede comenzar a aparecer en mi pensamiento una pequeña pero sorprendente lista de personas. Algunas de estas personas tal vez se sientan solas o demasiado ancianas, débiles o en problemas. Algunas son personas exitosas, importantes, jóvenes y fuertes.
Conforme mis oraciones se extienden a cada una de estas personas, pienso en lo que cada quien necesita. La respuesta puede variar: una carta, una llamada telefónica, una sonrisa, un plato de sopa caliente, dinero, sanidad, ser presentados con alguien más.
Por supuesto que no podré hacerlo todo. Pero eso no quiere decir que no debo de hacer nada. No puedo cuidar de todos, pero eso no me detiene para cuidar de alguien. No puedo estar al tanto de todas las personas que conozco, pero puedo responder a aquellos que tengan una necesidad especial.
Puedo asumir que una persona muy conocida y respetada no querría, necesitaría o apreciaría mi cuidado. No es así. Cierto día, un obispo muy popular tuvo que cancelar un evento ya programado debido a una tormenta de nieve. La próxima fecha disponible sería durante un día feriado. Aquellos involucrados en el evento le dijeron al obispo: "Pero no quisiéramos molestarlo en esa fecha".
Respondió: "Por favor no digan eso. Nadie invita a un obispo durante un día feriado. Todos piensan que estamos con alguien más." Nadie es demasiado importante como para no apreciar un poco de cuidado ni para no conocer la tristeza cuando los demás lo olvidan.
Excusas y más excusas
Entonces, ¿qué es lo que me impide ser la persona bondadosa que mi Señor quiere que yo sea? Las excusas pueden tomar muchas formas:
Alguien más lo puede hacer mejor. Sí, siempre hay alguien que puede hacer las cosas mejor que yo, pero no existe nadie que pueda hablar mis palabras, extender mi mano, o decir mi oración.
Pagamos a personas capacitadas para que cuiden de los demás. Pero tal vez esa puede ser la razón por la cual mis esfuerzos sin capacitación, sin pago o inesperados pueden ser importantes. Alguien puede necesitar la grata sorpresa de descubrir que tomé tiempo para él o ella aún cuando nadie me lo haya pedido.
Sus necesidades van más allá de mi experiencia. ¿Acaso tengo que esperar a tener una pierna rota, o pasar por un divorcio o tener un ataque al corazón para poder ministrar a aquellos con problemas similares? ¡No!
Su necesidad es muy parecida a alguna experiencia que yo tuve. Tal vez otros puedan pensar que estoy queriendo causar lástima. No debo de hacer alarde de mi pasado cada vez que alguien sufre de algún dolor que me resulte familiar. El dar a conocer o volver a contar mis experiencias puede o no llegar a ser apropiado en ciertas ocasiones. Sea o no apropiado, la necesidad de preocuparse por los demás sigue estando allí.
Nunca sé que decir. No hay palabras mágicas ni un guión preparado para ayudar a que alguien bondadoso suene sabio. Pero la mayoría de la gente no necesita escuchar algo sabio. El toque bondadoso, una mirada o el oído atento de alguien que ha escogido "estar presente" de una forma auténtica es un indicio de que fue Cristo quien envió a esa persona.
No quiero estorbar. Así como hay tiempos para estar en algún lugar específico, también hay tiempos para seguir adelante. Muchas veces el simple hecho de retirarse de algún lugar o situación puede ser una forma de mostrar que nos preocupamos por alguien. Habrá otras ocasiones en las que el rastro de nuestra sombra hablará claramente a aquel en necesidad diciendo: "Alguien me visitó", "alguien se preocupó por mí".
Al preocuparnos por los demás nunca estaremos solos. Dios se preocupa por nosotros. Su preocupación por el bienestar de la otra persona estaba presente aún mucho antes de que nosotros nos interesáramos. El cuidado de Dios es más fuerte, más sabio y más duradero de lo que nosotros podemos llegar a mostrar. Sin embargo la gente llega a entender y experimentar el amor de Dios de una mejor manera cuando éste es transmitido a través de personas que demuestran su preocupación y bondad.
Este Dios amoroso se preocupa por todos nosotros. Es este mismo Dios el que nos llama y nos da el poder para cuidar de otros.
Adaptado del folleto escrito por Donn Downall.
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